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Otros 11
julio
2013

Las tormentas del Paiju Peak rechazan a Iñurrategi, Vallejo y Zabalza

No se han cumplido las previsiones de una ventana de buen tiempo que les permitiera subir

Alberto Iñurrategi, Juan Vallejo y Mikel Zabalza salieron el miércoles 10 de julio del Campamento Base cargados con parte del material y las provisiones que necesitaban para aguantar 12 días en la pared del Paiju Peak y llegaron al collado. El jueves entraron en el pilar de más de un kilómetro que antecede a los 600 metros previos a cumbre (6.610). En tres días escalaron unos 500 metros en estilo cápsula hasta el segundo nevero que se aprecia en las imágenes de ruta “probable”. Desde el lunes, tormentas y nevadas les impiden escalar. Las provisiones van bajando. El parte anunciado de buen tiempo para hoy no se ha hecho realidad. Les quedaba “tan sólo” medio pilar por delante, pero tienen que bajar”.

Este es el relato desde Paiju:

Regresamos al campo base rotos tras 8 días de intento de escalar el enorme pilar sur del Paiju Peak.

El 10 de julio cargamos víveres para 14 días, 12 para la pared. Puede parecer mucho pero en una ascensión de este tipo no lo es tanto. El quinto día llegamos al nevero situado en la mitad de la pared a algo mas de 500 metros de la base de la misma. El parte nos anuncia dos días de mal tiempo, aparentemente no demasiado malo. Casi agradecemos un día de descanso ya que llegar hasta aquí con todo el equipo en tan pocos días nos ha supuesto un gran esfuerzo y por ahora llevamos un día de retraso sobre el plan previsto, algo totalmente asumible, pero alcanzar la mitad de la pared nos reporta motivación extra para seguir.

El Karakorum nos muestra entonces su cara más dura y nos recuerda que por aquí las montañas son muy grandes y que nosotros somos muy pequeños. Nuestra minitienda ubicada a golpe de piolet en la vertiginosa pendiente ya no nos parece un lugar tan seguro tras quince horas de nevada ininterrumpida. Una hora de calma nos devuelve la esperanza pero una segunda noche de nevadas constantes dejan la pared completamente tapizada de blanco así como nuestros nervios a punto de estallar. Momentos de dudas, de hacer recuento de provisiones, de confiar en el parte o en lo que estás viendo. Optamos por hacer caso de nuestro instinto y descender antes de que la cosa se ponga todavía peor.

El séptimo día, envueltos en la ventisca, recogemos todo el equipo e iniciamos el descenso con todas las precauciones y con el objetivo ahora de salvar el pellejo. Lanzamos un petate con 200 metros de cuerda, la comida y parte del equipo para poder ser más ágiles en los rápeles y en las complicadas travesías que tenemos que deshacer para regresar sobre nuestros pasos. La pared se ha helado completamente y la ventisca nos hiela hasta los huesos. Tras ocho horas llegamos de nuevo al glaciar donde recuperamos todo el equipo que se fue haciendo salto base. Hemos tenido que abandonar dos pedazos de cuerda para deshacer 2 travesías que en estas condiciones se habían convertido en puntos de no retorno. Una vez en el glaciar nos damos toda la prisa posible por salir de allí. Continuas avalanchas barren el mismo por diferentes costados, no es un lugar para contemplaciones. Regresamos a la seguridad de nuestro campo 1 donde nos tumbamos y al momento caemos dormidos. La tormenta no cesa e incluso se incrementa en esta siguiente noche. “!Bueno! ahora que nos hemos bajado… que nieve lo que quiera”, comenta Alberto”. Y tanto que nieva, no para de hacerlo en los dos siguientes días lo cual nos dificulta mucho los desporteos hasta el campo base.

Enfrentarse a terreno desconocido es algo fascinante pero supone tomar continuamente decisiones, que ahora en la seguridad del campo base pensamos que quizás no hayan sido las más adecuadas. Seguramente nuestro principal problema no haya sido la tormenta que nos pilló en la pared, ya que esperar 12 días seguidos de buen tiempo en el Karakorum es casi una utopía, sino un error de cálculo, de percepción de la realidad, de la verdadera dimensión del objetivo al que nos enfrentábamos y de usar una estrategia acorde a la misma. Como dice el refrán, después de vistos, todo somos listos. Una estrategia algo más conservadora creemos que hubiese sido la mas acertada para éste, el Big Wall más duro que yo he intentado nunca. Con cuerda fija para llegar hasta el segundo nevero y hamacas de pared posiblemente hubiésemos podido soportar el temporal en la seguridad del campo 1 y regresar hasta ese punto sin problemas.

Estas experiencias nos ayudan a crecer como personas, como alpinistas y espero nos sirvan para ser más eficaces en futuras aventuras. El pilar sur del Paiju queda pendiente como un gran desafío para un futuro. Gran parte de sus secretos ya están desvelados y espera a que otros alpinistas, o quizás nosotros mismos, puedan culminar con éxito este imponente reto”.